viernes, 5 de mayo de 2023

De Toga a Santa Ana


Todos los años, coincidiendo con la romería que se hace el 1 de mayo de Zucaina a Santa Ana, un grupo de esforzados senderistas salen de Toga para visitar a los romeros y dar una vuelta por el ambiente festivo que ese día se respira en la ermita.

La ruta de Toga a Santa Ana no es moco de pavo. Son alrededor de 20 kilómetros con un desnivel de 850 metros donde hay todo tipo de camino, todo tipo de firme y subidas y bajadas variadas.

Ximo, Perico y algunos más son, desde hace casi 30 años, los organizadores del evento, donde principalmente hay que tener en cuenta que la ruta no es circular, con lo que hay que organizar coches para la vuelta y después hay que alimentarse bien. Como dice Perico, vitamina "ll", llomello, llonganissa, morcilla y llagostins.

Este año hicieron la ruta 18 personas, Alejandra, Ani, Anna, Berta, Diego, Edurne, Encarni, Eva, Félix, Iñaki, Juan, Jesús, Kiko, María, el maño, Mari Carmen, Pablo, Perico y Ximo, un récord de participación en la excursión. Había gente de todo tipo. Jóvenes, mayores, delgados, rellenitos y más o menos acostumbrados a caminar. Y el origen de las personas también era variado. Hijos y oriundos de Toga, del equipo de rugby y amigos de unos y de otros.

El perfil de la ruta muestra claramente que la cosa no es fácil. Hay que subir y bajar, pero sobre todo, subir. En cuanto a las sorpresas que te encuentras en el camino, hay de todo tipo. Por ejemplo, se acorta camino buscando atajos por donde no pasa nadie, con lo que piernas y brazos sufren un masaje con las aliagas, zarzas y demás plantas agresivas. También se camina por el medio de un barranco, ya no buscando el camino, sino tratando de sobrevivir entre las piedras y fortaleciendo los tobillos de paso.

Nuestros caminantes quedaron a las 7.30 en la plaza de Toro, en Toga. Hubo pequeños retrasos pero al final se salió más o menos como estaba previsto.

La ruta sale de Toga en dirección a Torrechiva. El camino forma parte del GR333, ruta que recorre los 15 pueblos de la Mancomunidad Espadán-Mijares. Es, al principio una bonita senda entre bosque que pica un poco habia arriba pero sin exagerar. En el kilómetro 1 se pasa por un punto delicado donde corrimientos de tierra van haciendo desaparecer el camino. Algunos de los caminantes que participan en esta ruta fueron no hace mucho a hacer la "zulcida". Picaron  el suelo para ensanchar el poco camino que quedaba, clavaron estacas para hacer de quitamiedos y dejaron presentable el paso. ¡Unos artistas de la construcción rural!


Justo antes de llegar a Torrechiva, en el kilómetro 2,8 de la ruta, el grupo siguió por una pista con dirección al Tormo, aldea de Cirat. lugar que a duras penas sobrevive con unos pocos vecinos.

La pista por la que transitaban nuestros senderistas era ancha. Es la antigua carretera que unía esos pueblos. Por allí pasaba el autobús durante la Guerra Civil. 


La pista pasaba por al lado del Mas del Pinar, grande y hecho polvo.

De la pista sale una senda con una flecha que pone "Ludiente", que se deja atrás y poco después, se toma una senda, esta sólo señalada con un pequeño hito de piedras. Si no lo sabes o no llevas gps, seguro que te la pasas. Estaban en el kilómetro 6,3 de la ruta. Esa era la senda de la ruta de ese día.


El grupo de pone en fila india para acometer la senda, que se empina hacia arriba hasta llegar a otra pista. Siguiendo por ella y cogiendo algún que otro atajo medio perdido se llega al collado del Jupillo, en el kilómetro 8,4, al lado de la muela de Cirat. Ximo comentó que esa pista formaba parte del camino real de Aragón y que seguro que el Cid pasó por aquí para buscar la playa de Valencia.

Ximo también contó alguna anécdota sobre las penurias que pasaban los arrieros y tratantes que tenían que recorrer estos caminos hasta Cortes, o incluso hasta Valdelinares, ya en Teruel, haciendo frente al frío, el cansancio o el calor sofocante. Eran otras épocas y qué pensarían estas personas si les dijeran que ahora se hacían estas rutas por gusto. Que estamos todos locos.


Ahora la ruta empieza a bajar. Bajando también se cogen atajos de la pista. Revueltas del camino que se ahorran a base de depilación por aliagas.

Nuestros senderistas pasaron por los restos de las grandes Masías de los Gavites y dela Artijuela. Esta zona estaba muy habitada por personas que vivían en muchas masías separadas por cientos de metros. Ahora ya no queda nadie.. 


Hay una anécdota muy buena de Ángel Sorní Montolio, escritor oriundo de Cirat (las he copiado de un texto suyo) que agradezco y transcribo aquí. Es sobre la masía de los Gavites:

“Les ocurrió a los últimos que abandonaron el caserío. Habían recogido una cría de culebra y se la llevaron a casa. Le pusieron de nombre Maruja. Allí la alimentaron con leche, pero al tener que marcharse a Barcelona, la dejaron abandonada. El matrimonio volvió al verano siguiente para recoger algún objeto que para ellos tendría cierto valor sentimental y se quedaron a pasar la noche. ¿Y sabe qué?. Pues que a media noche se despertó el marido, porque notaba su pierna aprisionada y vio a la culebra Maruja que se lo estaba engullendo y que ya se le había tragado casi toda la pierna. No vea usted el susto que se pegó. La cuestión es que lograron que soltase la pierna y, según dicen, aún anda la serpiente merodeando por allí. Ande usted con cuidado”.

La ruta ahora cambia radicalmente. De una pista de tierra cómoda se pasa al firme de piedras del lecho de un torrente. Los caminantes han llegado a la Rambla de Santa Ana, al Barranco del Hambre. Es el kilómetro 10,3 de la ruta.


En el kilómetro 11 se llega a la poza de la Caldera, lugar del almuerzo. Ese año, con la sequía, había  poca agua. Hubo que hacer algún malabarismo para llegar al lugar de almuerzo pero se consiguió sin mayor problema. Cuando hay mucha agua se va por un lado y cuando hay poca, como en esta ocasión, se va por dentro del propio barranco.

Con risas y muy buen ambiente se concluyó el almuerzo y se continuó el camino. Los siguiente metros fueron "especiales". Intentando buscar el mejor paso casi se hizo una senda nueva a costa de los arañazos a nuestros caminantes..  

La travesía por el barranco de Hambre son 2,5 kilómetros donde se ralentiza el ritmo de caminar. Hay que ir buscando un paso dentro del propio barranco. La senda existe pero las distintas avenidas y el crecimiento de maleza hacen que se vaya desdibujando y se tenga que buscar para seguirla. 


Se pasa por el mas de Espelleta, allá abajo se ve unos cables que cruzan el barranco. Eran para transportar las vagonetas de una vieja mina de carbón. Hoy todo son ruinas.

Un poco más adelanto, en el kilómetro 12,8 hay una vieja noria mecánica, ya hecha polvo y el Mas del Barranco. Aquí se sale de la rambla.


Ahora el camino se vuelve más transitable. Tras unos atajos donde se sigue haciendo un poco el cabra, se va por una ancha pista que sube y sube hasta llegar a la carretera de Montanejos a Zucaina. El desnivel no es muy alto. Se suben 200 metros en 6 kilómetros, pero esos kilómetros a pleno sol cuando el grupo llevaba más de 10 a sus espaldas parece un muro para superar. Se hacen muy, muy, muy largos.

El sol ya está en lo alto, y el cuerpo busca las pocas sombras que hay a algún lado del camino. La llegada al final de la pista de tierra, donde hay una antigua casa de peones camineros es un pequeño triunfo. Ya se está en el kilómetro 18,4 de la ruta. De repente un rebaño de ovejas y alguna cabra invaden la casa de peones y la carretera. Esta situación da un poco de alegría al grupo, porque esta escena cada vez es más difícil de ver. Pocos rebaños quedan.


Ahora tocaba un poco de carretera y enseguida se llegaba a Santa Ana. Puestos de juguetes, ropa y demás recibieron al grupo de Toga que andaba deseoso de una hidratación fresca y urgente. Hacía calorcito pero no demasiado. Poco antes de llegar a destino ya se oían gritos de los conductores que estaban esperando al grupo para llevarlo a comer.


Se llegó, se bebió, principalmente cerveza en cantidades moderadas, se hizo la foto de rigor y se subió a los coches para ir al Castillo de Villamalefa a comer.


Una vez en el Castillo, ya más relajados, nuestros héroes se sentaros a degustar una gran comida. Eran, entre senderistas y conductores alrededor de 30 personas y las conversaciones iban muy fluidas. La comida fue un espectáculo. Todo bueno y abundante. Para saciar el hambre y recuperar fuerzas. Al final fue imposible terminarse la comida y la superamable y maja camarera trajo fiambreras para que se llevaran la sobras. Hubo mucha, mucha, mucha comida, y muy buena.




Tras el gran banquete, unos con más fuerza que otros fueron a los coches para volver a Toga. En media horita se acabo la aventura. Todos se despidieron con la promesa de intentar volver el siguiente año. 

Sobre la 6 se dio por terminada la ruta. 

Como resumen de la aventura se podría decir que fue muy divertida, donde lo mejor fueron las personas, cada una de una manera pero todas juntas formando un gran equipo.

La ruta, muy buena y variada, ni fácil ni dura. El tiempo perfecto, quizá un poco de calor, pero no demasiado. Y la comida fantástica.

Un día perfecto para repetir. Ya se espera el año siguiente.

Os paso la ruta hecha un par de años antes, que este año no se grabó.

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viernes, 28 de abril de 2023

Vuelta al Tossal de Mollet


La ruta que tenemos aquí es una suave ruta con sólo 350 metros de desnivel pero que engaña un poco. 

Es trabajosa y parece más de lo que es pero es estupenda para senderistas que quieren pasar una mañanita respirando aire puro.

Se trata de darle la vuelta al Tossal de Mollet, pasando por su cima. Mira aquí el perfil.


En esta ocasión participaron Ana, Elena, Gilbert, Isa, Kiko, Manolo, Raul, Silvia, Toni y Vicent.

La ruta comienza en Sant Vicent de Moró, una ermita de término de Sant Joan de Moró. A esta ermita se accede por una pista, con tramos asfaltados y otros de tierra, pero que en general está en muy buenas condiciones. Este día, por causas varias, nuestros senderistas iban con 4 coches.


Como primera anécdota del día, unas vallas en un desvío que hay que tomar para acceder al la ermita hicieron equivocarse al coche que llevaba Silvia, que siguió recto. El resultado fue que dieron una vuelta por caminos infernales con el coche y llegaron al lugar donde se había quedado media hora más tarde y con un humor de perros. A Kiko, que era el que había elegido la ruta, todavía le pitan los oidos.

Con media hora de retraso pero en buenas condiciones físicas y mentales la ruta comenzó. El día era perfecto. No demasiado calor pero sol en lo alto. Era un gran día de primavera, para llevar manga corta.

La ruta toma una senda al lado de los coches aparcados. Se empieza subiendo. El denivel no es muy pronunciado pero suficiente para entrar en calor. En pocos metros las piernas se activaron y el grupo comienzó a coger energía.

En poco menos de un kilómetro el camino desemboca en el camí de la Serra, pista de tierra que después se transforma en carretera, y que llegado a un punto coincide desde con el GR-33, muy conocido por nuestros caminantes porque es el que les lleva a Penyagolosa en sus aventuras.


El desnivel se acabó. La pista es plana o incluso pica para abajo. De momento la marcha es cómoda, quizá demasiado cómoda. Hay gente que todavía no a parado de hablar desde que comenzó a andar. En el kilómetro 2,3 se pasa por el Pou de Mollet y unos metros más adelante, en el Mas de Panero (o Mas de Paneret, o Mas de Panadero según la señal) nuestros héroes no toman el desvío del GR-33 y siguen adelante hacia su montaña. Delante tienen el gran Tossal de Mollet esperando ser conquistado.

A los pies de Tossal, en el kilómetro 3 de la ruta, hay una especie de área de descanso. Según la ruta que han de seguir, se sube por la dereha y se baja por la izquierda, llegando casi a ese mismo punto. Y allá que van nuestros andarines. 

Se coge la pista a la derecha y 200 metros más adelante hay que tomar una senda a la izquierda que empieza a subir y subir. Es el camí de les Carboneres. Ya se entra en la zona de tipo de piedra de rodeno (El Tossal de Mollet es un gran mazizo de rodeno) y los caminos se hacen un poco más dificultosos y menos transitables. Mucha piedra queda por delante.


Como indica el nombre del la senda, durante la ascensión a Mollet se pasa por varias antiguas carboneras, hoy tapadas. Hay mucha carrasca en la zona y de ahí la gran cantidad de antiguas carboneras que hay. Para hace runa carbonera, d´ñecadas atrás, se hacía un gran agujero en la tierra, se llenaba de troncos, se tapaba con tierra, dejando un pequeño respiradero. Se encendía y se esperaba varias semanas para que la madera se convirtiera en carbón. Con esto se conseguía carbón para cocinar y calentarse los hogares de la época. El trabajo de los carboneros sería duro porque había que hacer el agujero, cortar la madera, llenar la carbonera, taparla, esperar, sacar el carbón y después bajar de la montaña el resultado. ¡Y por estos caminos!


Se va subiendo en medio del bosque de carrasca. Mucha y muy buena humedad, sombrita y una ascensión no demasiado dura. Lo única pega era el pedregal por donde pasaba el camino, que lo hacía un poco dificultoso. Se cruzaron varias pedreras y había que tener mucho cuidado con las rocas sueltas. Tambíen se pasó por alguna cueva, que más que una cueva era un abrigo. La Cova del Forcat.



Tras un ratito de ascensión, por fin se llegó arriba del Tossal. Era el kilómetro 4,2 de la ruta. La cima es bastante plana y nuestros caminantes la recorrieron hasta llegar a un cortado donde las vistas eran impresionantes. Mollet es una de las montañas con mejores vistas de la provincia. Mirando hacia el interior había muy buena visibilidad y mirando hacia el mar estaba lleno de brumas. Hubo foto, alguna  senderista arriesgada como Ana, que no conoce el miedo, subió a un risco para hacer una instantánea al grupo.




Por falta de tiempo no se pudo ir a ver las ruinas del poblado ibérico que hay arriba. Buena excusa para volver a subir otra vez.

En el kilómetro 4,9 se comenzó la bajada. Ésta fue un poco más rápida, pero con la dificultad del camino con piedras y algún paso donde había que poner el culo en el suelo. Se bajó bien.


En el kilómetro 6,1 la senda desemboca en la pista denominada "camí de Mollet" que lleva directamente a Sant Vicent, lugar de comienzo. Pero la ruta todavía tenía alguna sorpresa.

Unos metros más adelante, la ruta, en vez de seguir por el camino fácil, se desvía por el Mas de Mollet y se sigue una senda que recorre, más o menos paralelo a la pista, el barranc del Molí Roig. A medida que la ruta se hunde más y más en el barranco, el camino se hace un poco más dificultoso. Raul, arañado antes en el brazo por un león (realmente unas zarzas, pero queda mejor lo del león) sufrió tratando de no despeñarse por los desniveles que tenían que cubrir los caminantes. Durante un rato se perdió un poco su alegría habitual. De todas maneras el grupo iba divertido y los problemas con el camino daban pie a chistes, risas y comentarios. Había muy buen ambiente.


Por fin se acabó de cruzar el barranco, en cuyo fondo había algún charco de agua. Y justo arriba estaba la ermita de Sant Vicent, destino de nuestros héroes. Era el kilómetro 7,650. La distancia que habían cubierto en la ruta fue mucho menor de lo que se esperaban, pero no por ello menos divertida.


La aventura se completó en 3 horas, a una media muy baja pero tal y como estaba el camino, divertido pero un poco complicado, y lo relajado que iba el grupo, no se tuvo la sensación de ir lento. Fue correcto.

Ya hacía tiempo que se no se reunía tanta gente Rayito y este pequeño reencuentro se esperaba con alegría, con muy buen rollo y cargado de anécdotas. Como nuestras caminantes no paran de buscar retos, ya se planeó una bajada de Penyagolosa, una subida del tirón, seguir con el Camino de Santiago y muchos más proyectos que había que poner en marcha. Toda una declaración de intenciones de que el grupo seguía vivo.

Al final Silvia, que se había equivocado en el camino de acceso a la ermita con el coche, volvió por el sitio correcto y comentó que el trayecto real era como una autopista. A saber por dónde se metería esa mañana para llegar.

Ya con la relajación de una trabajo bien hecho, algunos se quedaron en Moró para tomar un refrigerio y otros se bajaron para seguir con su vida.

En resumen, muy buena ruta, que se podría volver a hacer o incluso acortar para dejar sólo la parte interesante y quedaría como un buen entrenamiento rápido dominical.

Para repetir.

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martes, 18 de abril de 2023

Vuelta en bici por el Saler y la Albufera


La ruta que presentamos aquí es un poco atípica para el club Rayito. No es típica por los medios de transporte utilizados. La aproximación se hizo en tren y la propia ruta se hizo en bicicleta. Una novedad que resultó muy interesante.

Carles, el gurú de esta excursión preparó un impecable itinerario que, partiendo en tren desde Castelló de la Plana, dejaba a los participantes en la estación del Cabanyal de Valencia, lugar donde comenzaba la ruta en bici. Tras un día de paseo, la vuelta se realizó por el mismo camino.

A la excursión fueron Carles, el líder del grupo, Kiko, Lara, Manolo, Manu y Raul. Carles era que se había currado el itinerario.

Los ciclista salieron temprano para aprovechar el día. Fue un sábado de primavera que pintaba muy bien, con sol y temperaturas moderadas. Todos los participantes llegaron a la estación de Castellón a tiempo para subirse al tren de las 7.30. Por la hora temprana, el tren iba bastante vacío pero con suficientes bicis y patinetes como para causar problemas. Como nuestros ciclistas eran 6, había que tener especial cuidado al subir al vagón "habilitado" para sus vehículos. Aunque lo anuncien mucho, realmente los trenes no están suficientemente adaptados a las necesidades de este tipo de usuarios. En un espacio no muy grande han de caber, sillas de ruedas, bicicletas y patinetes. También había unos ganchos para colgar las bicis, cosa que no hizo nadie.

El trayecto en tren se hizo sin mayores problemas. El conductor del tren no era muy brusco y, salvo algún acelerón o frenado que movió un poco las bicis, todo fue como la seda.

Se llegó al Cabanyal y rapidito todos se pusieron encima de sus bicicletas para acceder a un carril bici. Carles y Lara conocían la salida de Valencia y rápidamente guiaron al grupo.


El carril bici urbano es funcional. Basta respetar los semáforos y no atropellar a nadie para llegar a destino sin problemas. En el kilómetro 2 la ruta pasa por el lado de la Ciutat de les Arts i les Ciències. Bonito y espectacular lugar que deja claro donde está la capital de la Comunidad. Aquí nuestros esforzados conductores afrontarían su primer puerto de montaña, que consistía en cruzar el pont de l'Assut d'Or, más conocido como "el jamonero". Es un puente emblemático diseñado por Calatrava y que, según la wikipedia, es un puente atirantado de hormigón blanco y acero. Fueron 30 segundos de suave repecho que se superaron sin ningún problema.

Una vez se rebasa la Ciutat de les Arts i les Ciències, parece que Valencia se acaba. El paisaje urbano cambia a uno semiindustrial (el puerto está al lado), con algo de huerta y muchas carreteras. Los ciclistas siguieron un carril bici paralelo a la CV500 buscando la playa. Se acercaban a los poblados marítimos.

Al lado de la Iglesia de la Punta en Nazaret, hay un puerto de primera especial. Una pasarela de metal cruza por encima de la vía del tren. Parece que diseñador de la pasarela era un deportista nato y la pendiente era más que importante. Se cruzó sin más problema aunque alguno tuvo que bajar de la bici para evitar caer.

Lara andaba con ganas de velocidad y se destacó del grupo. Todos los demás la siguieron para mantener el pelotón compacto. No hubo escapada. La ruta seguía paralela a la carretera hasta el kilómetro 6, donde los ciclistas cruzaron el cauce nuevo del Turia. Ahora ya estaban cerca del primer objetivo, el almuerzo. 


Un poco más adelante, en el kilómetro 7, se llega al paseo marítimo y al propio Pinedo, lugar del "avituallamiento". Carles, el líder, había planificado alimentarse en el Centro Cultural de Pinedo. El lugar se encontró rápido porque Carles sabía donde estaba y porque Pinedo es muy pequeño. Al llegar, previa confirmación que tenían sitio, tuvieron que atar las bicis en la puerta, cosa que les llevó un rato. 

Al entrar al bar les preguntaron si eran de los Correcaminos. Los nuestros dijeron que no. El local estaba concurrido y había dos mesas vacías. Una para los nuestros y otra, más larga, para los famosos Correcaminos.

Detrás del bar había una placita donde podrían haber dejado las bicis mejor. Para la próxima ya lo sabrían.

El almuerzo consistió principalmente en cerveza, bocata y cremadet, Los valencianos va por buen camino pero todavía tienen que aprender un poco más a hacer el cremadet. Demasiado azúcar y poco alcohol quemado. Con la manía de querer conseguir los dos colores en el vaso (abajo el alcohol y arriba el café) hacen una especie de almíbar con un 90% de azúcar y un 10% de brandy, ron o lo que sea. El resultado es un brebaje que casi tiene más sabor de dulce navideño que de estimulante de sobremesa. Pero bueno, tienen que seguir aprendiendo y de momento no se puede pedir más.


Durante los cafés se descubrió el tema de los Correcaminos. Resulta que la mesa de al lado estaba reservada por una colla de abuelos que llevaban camisetas de los correcaminos (su club) y de otras carreras de asfalto, incluso había una de un maratón. Perece que estos correcaminos son viejas glorias del atletismo que todavía siguen con su afición, incluso para almorzar.

En general, el almuerzo fue satisfactorio. Seguramente, si la excursión se repite, se volverá al mismo sitio.


Una vez finalizado el pequeño festival gastronómico, el grupo volvió a sus bicis. Kiko se puso culote para proteger el culo de una travesía larga. Empezaba a hacer calorcito y todos se aligeraron de ropa y se pusieron en marcha. Todos no. El friolero de Manu aguantó todavía un poco abrigado. Ahora la ruta iba por un carril bici al lado del mar.

Desde el kilómetro 7 de la ruta, primero se cruza la Playa de Pinedo y después la playa del Saler. Son varios kilómetros de trayecto entre dunas, playa y pinos. Poco a poco la playa se va haciendo más salvaje y natural, sin olvidar que la mano del hombre se ve por todos los lados. Había bastante gente haciendo deporte y algunos chiringuitos de playa. También se empezaban a ver algunas sombrillas y personas que querían pasar la mañana absorbiendo vitaminas de un sol que quemaba pero no de forma agresiva.

Nuestros esforzados ciclistas hacen paradita en el kilómetro 13,3, en una rotonda con una especie de complejo turístico de andar por casa. Alguna foto conmemorativa y a seguir. Después se cruzan playa de la Garrofera y playa de la Brava. En esta última, en el km. 16 estaba lo que queda del Hotel Sidi Saler, un hotel de lujo que ahora da un poco de pena verlo. Lleva ya 11 años abandonado. Quién te ha visto y quién te ve.


Entre los pinos se ven torres de apartamentos que se construyeron en su día antes de prohibir la urbanización en la zona. Es un privilegio vivir allí.

El grupo va siguiendo la calle/carretera hasta que llega un momento que se acaba, pero continua una pista de tierra, que ellos también siguen. Pocos metros más allá, atravesando un canal aliviadero de la albufera, nuestros ciclistas llegaron al estany de Pujol, en el kilómetro 17 de la ruta. Aquí sí que se vio naturaleza más salvaje. Es una laguna donde había un solo flamenco, patos y gaviotas en un bonito paraje.


Para lo relativamente cerca que está este lugar de Valencia, ciudad de casi un millón de habitantes, no se veía mucha presión turística. En realidad había poca gente por allí. Algunos ciclistas y algunos con toalla. Con más presión, ni los animales estarían.

El camino ahora ya se introducía en un bosque de pinos a buscar la albufera. Nuestros héroes volvieron a cruzar el canal y por fin pudieron contemplar la albufera en su inmensidad. Todo un mar interior. Las aguas un poco turbias pero tampoco se sabía si eso era lo normal o no.


El grupo paró un rato a admirar las vistas de la albufera. Un chico les ofreció un paseo en barca. 5 € por persona y 6 € si hay puesta de sol. Curioso. Ya estaban en el kilómetro 18.

Ahora la tranquilidad de los caminos se había acabado. Tocaba ir por carretera. Quizá un poco peligroso pero por lo menos había arcén. Los ciclistas siguieron unos cientos de metros y en una rotonda se desviaron hacia el Palmar, el lugar donde comerían. Era ya el kilómetro 19 de la ruta.

Nada más desviarse hacia el Palmar las bicis se encontraron con en centro de interpretación de la albufera. Por supuesto, entraron a verlo. Preguntaron a una vigilante que les dijo (literal): "Tenéis que dejar las bicis y entrar andando. Allí hay un lago con animales". Con curiosidad, ataron las bicis y entraron a ver ese lago con animales.


El centro de interpretación da acceso al Racó de l'Olla, un pequeño vergel lleno de vida. Allí hay un edificio con explicaciones y un pequeño recorrido hasta un avistadero que te enseña multitud de flamencos, gaviotas y varias especies de patos y mucha más fauna acuática. Muy bonito y recomendable. Había tiempo de sobra y nuestros ciclistas estuvieron un rato viendo y aprendiendo mucho. También se subieron a una torre desde donde se puede ver toda la inmensidad de la albufera Valenciana. En esta lugar tampoco había mucho turista.




Una vez visto todo, la ruta seguía por una carretera comarcal sin arcén. Con mucho cuidado y todos en línea llegaron a destino. Era el kilómetro 23 de la ruta.

Nada más llegar, los esforzados corredores dieron un corto paseo y buscaron un bar para tomar un refrigerio antes de comer. Aquí ya había bastante gente. El Palmar es un destino turístico con canales que llevan a la albufera. Mucho restaurante y mucha oferta de paseos en barca. También ponía eso de que a la puesta de sol costaba un euro más.


El líder Carles había reservado la comida en un restaurante tranquilo. El tiempo, inmejorable. Mucho sol pero sin mucho calor. La temperatura ideal para comer en terracita con las bicis cerca. Nos trataron bien, con un camarero quizá un poco friqui que hacía unos chistes difíciles de entender. En cuanto a la comida, lo dejaremos en que era digna, sin echar cohetes. Una tellinas, pescado frito y un arroz a banda. Esto último lo más flojo. Para postre un surtido de la casa, bastante bueno.



Ya con el estómago lleno ahora tocaba volver. Los corredores no habían comido demasiado y no se les hizo cuesta arriba el volver a sus monturas. Ahora ya no harían paradas. Tratarían de llegar a destino del tirón.

La vuelta se hizo casi por el mismo trayecto que la ida, con ligeras variaciones. Puedes verlo en el track al final de este artículo. Pero aún quedaban un par de sorpresas. Kiko, que conducía un trozo de hierro con ruedas, pinchó. La cubierta no estaba en condiciones y la cámara lo pagó. El grupo se unió en su ayuda y en un momento repararon la avería. Kiko llevaba una cámara de repuesto porque se olía la posibilidad de pinchazo. Era el klilómetro 35 y ya estaban muy cerca de destino.


A instancias de Lara, la vuelta de hizo por el puerto y muy bien. Fue algo diatinto. A Raul le hizo ilusión pasar por donde había habido una carrera de Formula 1. La Ruta por Valencia fue un poco más caótica porque un sábado a media tarde todo el mundo estaba en la calle. Pero la pericia de nuestros ciclistas pudo con eso y con más.

En total fueron la friolera de 45,3 kilómetros, pero muy bien llevados. Sin prisas y con las paradas necesarias.

La segunda sorpresa vino ahora. El grupo llegó al Cabanyal 1 minuto después que saliera el tren hacia Castellón de la Plana, con lo que tuvieron que esperar una hora para el siguiente. Alguna cerveza, agua y cola ayudaron a pasar el tiempo.

Una vez dentro de la estación y ya delante de la vía se mascaba la tragedia. Había mucha gente, bicis, patinetes, una silla de ruedas y un cochecito de bebé. Todo ello supervisado por un vigilante jurado muy comprometido con su trabajo. Todos estábamos detrás de la raya pendientes de asaltar el tren cuando llegara. Como casi seguro que no se cabría en el vagón de bicis, nuestros ciclistas se distribuyeron a lo largo del andén para entrar a saco como fuera.


Evidentemente y como era de esperar, el tren llegó lleno. Fue complicado. Kiko, Manolo y Raul entraron por una puerta pidiendo perdón a todo el mundo ante la cara de susto de unos y de reproche de otros. Carles, Lara y Manu hicieron lo propio pero no tuvieron la misma suerte y tuvieron que esperar un rato más hasta el siguiente tren.

Los tres primeros esperaron a los tres segundos en Castellón y todos se despidieron de esta fantástica excursión. Era cerca de las 10 de la noche y el personal estaba cansado. Había sido un día cargado de experiencias que se tenía que digerir con un buen sueño.

Como resumen, una excursión muy bonita, muy recomendable y en muy buena compañía. Las acertadas indicaciones del líder Carles hicieron que nada fallara en el día.

Para repetir sin dudar.

Aquí os dejo un video recopilatorio de las carreras de nuestros héroes.


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domingo, 15 de mayo de 2022

Circular Eslida - Castell de Castro


Una vez más nuestros Rayitos abordaron una nueva ruta. Elena, una de las caminantes, es natural de Eslida y desde hacía tiempo le hacía ilusión subir al Castell de Castro, lugar emblemático de la zona y muy transitado por senderistas. Prácticamente ella era la única persona del pueblo que no había subido. 

Los Rayitos no podía permitir que esto continuara así y se pusieron de acuerdo para convertirse por un rato en habitantes del Castell de Castro.

Kiko entró en el wikiloc y eligió una ruta. Los parámetros para elegirla eran bastante básicos. Que no fuera de más de 10 kilómetros, que no tuviera más de 600 metros de desnivel y que fuera circular.

De entre las muchas rutas que Kiko encontró en la web eligió la que más se adaptaba a sus preferencias. Era una de un tal Pepeslida (desde aquí saludamos y damos las gracias a Pepe por su estupenda ruta). El track era circular, de cerca de 10 km. y de un desnivel de cerca de 600 m. Quizá picaría un poco el desnivel pero de vez en cuando hay que esforzarse. Cuando se compartieron las características de la ruta en el grupo se comentó que era como subir al Bartolo desde Benicàssim. Ante este comentario, nadie se puso las manos a la cabeza ni se rasgó las vestiduras por la dureza de la ruta y ésta se consideró apropiada. 

El tal Pepeslida había hecho el recorrido en casi 3 horas y Kiko pensó que el grupo lo haría en poco más de tres horas (a alrededor de 3 kilómetros y pico por hora). Pero se le escapó un detalle. Nadie se dio cuenta quien era el que había publicado el track. ¿Quien era ese tal Pepeslida? Viendo después las rutas que tenía publicadas, Gilbert comprobó que había mucha bici y muchas salidas con grupos pequeños. Todo ello indicativo que Pepe estaba más preparado de lo que se pensaba en un principio. Este detalle dio la pista que el tiempo real al "estilo Rayito" no sería de tres horas, sería de bastante más. Lo pagarían con tiempo extra.

La ruta la hicieron Ale, Ana, Angeles, Gilbert, Isa, Kiko, Silvia y Vicent.


Si miras el perfil verás que no parece muy dura. Subidas y bajadas varias. El detalle está en lo trabajosos que son algunos de los caminos por los que se pasa que ralentizan la marcha y hacen que lo que en principio se pensaba que sería rápido e indoloro se acabó convirtiendo en "no tan rápido" y con alguna agujeta esa tarde y al día siguiente.


El comienzo del track es de un kilómetro de carretera. Elena, la Liebre de Eslida propuso con éxito que el comienzo y el fin se hiciera desde la font de Matilde, ya fuera del pueblo. Con esto se ahorrarían unos cientos de metros de camino tanto al principio como al final y el grupo no tocaría asfalto. Aún con el poco espacio que ofrecía la fuente para aparcar, se estacionaron los dos coches sin problemas. Era temprano por la mañana y todavía no había personal montañero-dominguero-familiar en el lugar.

Rápidamente se prepararon todos y comenzó la caminata y,.... ¡nuevo récord! A los 10 metros ya se habían perdido. Desde arriba de la fuente había más de un camino y nuestros senderistas dudaron. Pero la experiencia ayudó. Más por sentido común que por consulta del GPS, se escogió el camino que resultó ser el correcto 

El principio de la ruta es contundente. Prácticamente el camino sube la montaña al recto hasta encontrarse, a los 400 metros, con la carretera de Chóvar, 100 metros de desnivel más arriba. El grupo dio un respiro pensando que lo peor había pasado. Pero no. Había que cruzar la carretera y adentrarse por una especie de camino que aun subía más en vertical. Después se siguió subiendo al recto para volver a encontrarse con la carretera de Chóvar otra vez, 400 metros más adelante y 150 metros más de desnivel positivo. En menos de un kilómetro ya se había subido 250 metros de los 600 del día. 

Una vez más se volvió a cruzar la carretera y el grupo se adentró por una bonita senda. El camino discurre por la zona de la Malladeta por dentro de un bosque y con ligera subida. Tras el comienzo explosivo la cosa ya pintaba bien. La senda desembocaba en el collado de la Nariz, en el kilómetro 1,6. Un cruce de caminos.


Desde el collado, a la derecha hay una pista que va a la Nevera de Castro. A la izquierda, por otra pista se vuelve a Eslida. A nuestros senderistas les tocaba ir por la pista que iba por el medio. El GPS mandaba y marcaba "todo recto". Siguiendo la pista de tierra, a unos 50 metros, el track enviaba a las liebres por una senda a la izquierda. La ruta discurría ahora por una vieja pista forestal que estaba perdido, aunque conservaba la forma. Pocos coches pasarían hoy por ella. Poco a poco se va ganando altura. La subida es cómoda porque el camino es fácil, pero se sigue subiendo. La pista desemboca en una pista mucho mejor conservada, la pista de la Nevera al Coll d'Eslida, cruce de caminos. Nuestros senderistas ya estaban en el kilómetro 2,5.


El Coll d'Eslida está casi (no es del todo cierto pero casi) en el punto que parte los términos de Eslida, Fondeguilla y Chóvar. Por aquí nuestros amigos volverán a pasar después.

Del collado sale un camino, si se puede llamar camino. Nada más seguir el GPS se pararon porque ni se veía el camino. Buscaron algo parecido a una senda y se hicieron fotos porque el sitio era bonito. La senda que siguieron va por la zona del Cuquello cresteando la montaña. Es muy bonita y muy entretenida. A la izquierda el barranc de Falcó y el barranc d'Eslida y a la derecha del barranc de Forcall, con la famosa Nevera al fondo. La nevera es muy grande y está perfectamente restaurada. Hubiera sido un detallle pasar por ella pero el tiempo no se estira. Al final dejaron esta visita para mejor ocasión.




En la web del Ayuntamiento de Chóvar hay una reseña a esta nevera: "Ya en término municipal de Alfondeguilla, pero muy próxima a su límite con Chóvar, encontramos la Nevera de Castro con 12 metros de profundidad y 6 de diámetro. Así, encontramos uno de los pozos de nieve mejor conservados del territorio valenciano, con un tejado cónico totalmente reformado y, como no puede ser de otro modo en plena Sierra Espadán, cubierto por piedras de rodeno. Os animamos a que observéis cómo es por dentro desde su puerta o ventanas, ¡no hay peligro! Antiguamente las neveras eran utilizadas para recoger la nieve caída durante el invierno y, durante el verano, con la nieve ya convertida en hielo, la utilizaban para conservar los alimentos y ¡para refrescar a la población con sorbetes y helados!"


La cresta que siguieron nuestros héroes acaba en una bajada donde el grupo se ejercitó en hacer el cabra. Unos más y otros menos, pero sin hacer el cabra no se baja. Ana y Gilbert se vinieron arriba y se adelantaron pegando botes como si fueran corzos. No hubo heridos pero, la verdad, ya nadie del grupo  tiene edad para ir haciendo el loco por ahí.

La bajada frenética se acaba en el Collado Boix en el km. 3,6, con el impresionante Castell de Castro delante de sus ojos. Los móviles echan fuego haciendo fotos ya que la estampa es muy bonita. Para la posteridad. Delante el castillo en un risco a lo alto. Detrás la montaña allá arriba que parece mentira que la hayan bajado. 


Desde el collado salen cuatro caminos. El primero, por el que han venido. A la derecha, el de la nevera, que cogerán después. A la izquierda, el que va a Fondeguilla. Y delante, el que lleva al castillo. Evidentemente cogen el camino que les llevará a la fortaleza.

El Castell de Castro es una fortificación situada en el municipio de Alfondeguilla. De origen árabe fue construido poco antes de la era cristiana como torre de vigía. Los restos actuales pertenecen a la civilización islámica, y actualmente se encuentra en estado de total abandono.


El emplazamiento se encuentra sobre un gran peñón, a 789 metros sobre el nivel del mar y domina un campo visual impresionante que abarca desde las Agujas de Santa Águeda en Benicasim hasta el Cabo de la Nao, y desde Peñagolosa hasta las Islas Columbretes. La defensa del castillo aprovechaba totalmente la accidentada orografía, emplazándose estratégicamente entre dos profundos barrancos.



Su posición tan estratégica nos permite adivinar hoy como de difícil, por no decir imposible, podría acontecer su conquista. Cuenta una leyenda que hace muchos años, después de bastantes días de asedio en el castillo y ante la imposibilidad de conquistarlo, los acosadores, una noche muy oscura, colocaron astutamente cirios encendidos en los cuernos de una manada de cabras y las encaminaron, riscos arriba hasta llegar a la fortaleza. Los del castillo, boquiabiertos por el espectáculo de tantas luces, creyeron que el enemigo había recibido grandes contingentes de ayuda y abandonaron deprisa y corriendo la fortificación todos sobrecogidos. Fue así como los acosadores consiguieron el control del castillo. Esta historia, muy parecida a otra que habla del castillo de Olocau, ambas muy poco creíbles, nos demuestra muy claramente la inexpugnabilidad de qué gozaba el castell de Castro.





Cuando nuestros senderistas llegaron al castillo se encontraron con mucha gente allá arriba. El grupo aprovechó para tomar un tentempié contemplando las espectaculares vistas. El sitio se presta para hacer fotos bonitas. Nuestros héroes tenían todo el Mediterráneo ante sus ojos. Aunque el sol pegaba fuerte, el viento era fresquito y, antes de coger frio, volvieron para abajo. Ya estaban en el kilómetro 3,9 de la ruta, casi a mitad de camino.

La salida del castillo fue por el mimo sitio por el que entraron. hasta volver al Collado Bois, donde ahora, en vez de subir hacia la empinada cresta que bajaron hacía un rato, giraron a la izquierda para bajar al barranc de Forcall. Esta es una senda bastante empinada donde se bajan muchos metros. Muchas de las liebres ya pensaban que tendrían que volver a subir estos preciosos metros que bajaban. No iban desencaminadas.


La senda que seguían nuestros héroes desembocaba en la pista de la Nevera donde, a la derecha, se empieza un nuevo ascenso. Es el kilómetro 4,5. Ahora el objetivo es nuevamente el Coll d'Eslida, donde la ruta se cruzará con el camino hecho hace unas horas. El grupo empieza a marcar un ritmo más duro. El tiempo pasa y no es cuestión de hacer esperar a la familia para comer. Ya se ha visto claro que los tiempos del track no son los inicialmente previstos pero tampoco es cuestión de alargar la ruta a base de ir más despacio. 

Hacía un par de semanas que había llovido con mucha intensidad por la zona. Se llegaron a medir más de 400 litros en un par de días. El terreno estaba seco pero por la pista había zonas donde nacía agua del propio suelo. La capa freática estaba muy alta y las reservas estaban a tope.


De la pista, a mano izquierda, se pasó por un cruce a una senda que subía a la Nevera, pero el grupo ya iba con suficiente retraso como para pensar en "perder" un poco de tiempo para ver una neverita (en este caso neverota). La pista por la que iban los senderistas era cómoda pero con bastante subida. El grupo seguía caminando a toda pastilla.


En el km. 5,8 de le ruta y otra vez en el coll d'Eslida. nuestros caminantes enfilan hacia el norte por una bonita senda que lleva al Coll Roig. Al fondo ya se veía Eslida. Parecía que la subida había acabado y volvía a haber un clima distendido en el grupo.




Por fin, tras un paseo llano con una fuerte bajada final, se llega al Coll Roig, en el km. 6,6 de la ruta. Ésta es la antigua puerta de Eslida hacia el mar. Desde este collado se salía hacia Fondeguilla y Vilavella. El Coll Roig forma parte del GR-36, una gran ruta tans-Espadán que une Vilavella con Montanejos de la cual se hace una carrera anual. Algunos de nuestros caminantes son viejos amigos de tramos de esta ruta. En el mismo collado, el camino se hunde en un pequeño desfiladero donde las paredes son de rodeno y arcilla roja. Un lugar un tanto especial con una energía propia. Da la sensación que la historia ha pasado por allí muchas veces.


Desde el Coll Roig, y ya por el Gr-36, nuestros héroes descienden por el camino a Eslida. Ésta es una antigua senda de herradura con muchos tramos todavía empedrados que vuelve a adentrar al grupo a la magia del corazón de la serra Espadán. 

En el km. 7, el grupo pisa ya carretera asfaltada y en seguida, llegan a la font de Castro (la de Eslida). Parece que ya se ha acabado la aventura. Pero atención, una sorpresa esperaba a nuestros caminantes. El GPS marcaba claramente una senda que sale de la propia fuente para ir a la font de Matilde, el definitivo final de la ruta. 

Parecía que la subida había acabado y todas las piernas ya se habían relajado. Pero no, todavía quedaba una pequeño desnivel a cubrir. Era pequeño pero, para nuestros desmotivados senderistas, pareció un auténtico muro. 

Con mucha desgana y un poco de esfuerzo, el grupo cogió la senda que salía desde la propia fuente y se enfilaba hacia arriba dejando el camino habitual. Tras casi 2 kilómetros de relativo sufrimiento por subidas y falsos llanos llegaron a la font de Matilde, final de la ruta.


Fueron casi 9 kilómetros muy variados y muy entretenidos. con unas vistas fantásticas en medio de unos bosques de pinos y alcornoques que harían la envidia de muchos caminantes. Temperatura perfecta y compañía inigualable. De esas rutas que no te cansas de contar a tus amistades.

Ahora a esperar a la próxima.

Mira aquí la ruta


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